Queremos acercarnos al “itinerario de María Ana Mogas como religiosa educadora”.

Auténtico camino de búsquedas y respuestas que nos puede orientar también hoy en circunstancias distintas.

Tradicionalmente distinguimos en él tres etapas:

 


Esta etapa abarca los quince primeros años de su vida religiosa, dedicados a dar forma a su vocación educadora en los primeros colegios en los que inicia la misión de la Congregación, en el marco geográfico de Cataluña. Supone en ella un gran esfuerzo de organización y capacidad creativa.

Aunque durante estos años desarrolla su misión en escuelas subvencionadas y controladas por los Ayuntamientos, logra ir creando en ellas un estilo propio como centros de educación cristiana, en los que se da:

  • Una formación intelectual seria, que superaba en muchos casos los planes de estudio vigentes.
  • Un ambiente de cordialidad entre alumnas y profesoras, con un trato amable y cercano y con un gran respeto a las características personales.
  • Un clima de estudio y trabajo, con unas normas de disciplina prescritas en Reglamentos congregacionales.

Para llevar a cabo su proyecto de educar cristianamente a las niñas más necesitadas, luchó insistentemente por mantener la gratuidad de los centros, acogiéndose a todo tipo de ayudas y subvenciones.

Otra de sus grandes preocupaciones es la formación de las religiosas dedicadas a la enseñanza, intentando que tengan la preparación adecuada para la obtención de títulos, conforme a las leyes vigentes, y su preparación continua para una mejor realización de la tarea educativa.

 

Queriendo extender su “espacio educativo” viaja a Madrid con otras hermanas para establecer en ésta diócesis comunidades y escuelas. La experiencia fundamental de esta etapa la constituyen dos centros de Madrid, dirigidos ambos por personas seglares que no están en consonancia con su proyecto de educación. Esta experiencia la lleva a una serie de conclusiones:

  • Que las circunstancias que concurren en estos centros no hacen posible una educación en su línea vocacional, con carácter cristiano y orientada a los pobres.
  • Que es necesaria una auténtica comunidad donde se desarrolle un ambiente capaz de llevar a cabo su ideal pedagógico.
  • Que la tarea educativa requiere en los educadores vocacionados y bien preparados. Por ello asume, como tarea propia e importante, la formación de los mismos.
  • Todo esto la lleva a descubrir la necesidad de abrir centros propios.
     

Es ésta la etapa de plena madurez de Mª Ana Mogas, en la que pudo realizar el estilo de vida docente que siempre había deseado.

Se desarrolla íntegramente en centros propios, que comienzan con una gran escasez de medios y con dificultades de todo tipo, que supo vencer gracias a su tesón y confianza en la Providencia.

Abiertos a todos, especialmente a los pobres y necesitados, pronto sobresalen por su organización, reflejo de sus criterios pedagógicos.

Creó en ellos un ambiente de sencillez y confianza, desde donde ejerció su magisterio franciscano: “Presencia cercana que va delante con el ejemplo”

Los aspectos fundamentales que evidencian sus criterios educativos y sus técnicas pedagógicas se concretan en los textos legislativos que ella redactó para los colegios y en los numerosos testimonios escritos por sus contemporáneos.

Si bien la educación era su vocación personal, no se limitó a la fundación de escuelas, quiso atender a las mujeres marginadas y necesitadas, desde iniciativas como el “Asilo de jóvenes sirvientas” de Córdoba, en el que trataba de alfabetizar y educar cristianamente a éstas jóvenes trabajadoras. O a los enfermos desde la atención a éstos en sus domicilios, dada la realidad social de la sanidad española del s. XIX y el carácter de servicio amplio a los necesitados que caracteriza a la familia franciscana.
 

Su sucesora la M. Concepción Dolcet continúa el proyecto educativo de Mª Ana, fundando colegios fundamentalmente en pequeños pueblos de la España rural de principios del siglo XX, de forma que son veinte siete las fundaciones, la mayoría escuelas pequeñas, algunas acompañadas de hospitales o asistencia a enfermos, a la muerte de M. Concepción Dolcet. La mayoría de ellas hoy no existen. Las dificultades económicas, y a veces hasta políticas acompañaron, como siempre, estas fundaciones pero el coraje y la total seguridad de que era obra de Dios, les llevó a no cejar en el empeño.

Empeño que a principios del siglo XXI continuamos nosotras, las hermanas, en Misión Compartida con los laicos, en presencias extendidas por muchos países: España, Italia, Portugal, Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Venezuela, Angola, Benín, y Mozambique. Ofreciendo en unos casos, desde cuarenta centros propios, nuestra Propuesta Educativa a todas aquellas familias que confían en nosotras la educación de sus hijos. En otros desde numerosas presencias y lugares, donde, aun sin escuelas, nuestro estilo de educación se hace presente.

Siempre sigue resonando en nuestros ámbitos educativos las palabras que un día dijera Mª Ana a sus primeras hijas:

“EDUCAD MÁS CON AMOR DE MADRES QUE CON RIGOR DE MAESTRAS”

O las que la M. Concepción Dolcet solía repetir a las educadoras de su tiempo:

“HIJAS MÍAS, EDUCAD EL CORAZÓN”